¿Por qué el feminicidio es un crimen de Estado?

¿Por qué el feminicidio es un crimen de Estado?

El feminicidio es el asesinato de una mujer por su condición de género, es decir que, es un asesinato doloso, que en la mayoría de los casos va acompañado de ataques sexuales, y tiene características específicas como: mutilación de genitales, tortura sexual, mutilación del cuerpo, exposición del cuerpo en vía pública, saña, entre otras atrocidades.

En muchos de los casos, el Estado hace todo lo posible por no utilizar la categoría ‘feminicidio’ para que las cifras no se eleven y puedan mantener su gobernabilidad; en varios de ellos se utiliza la idea de ‘crimen pasional’ que individualiza el problema y desvirtúa la noción de que se trata de un fenómeno estructural.

El término fue propuesto por Marcela Lagarde con el fin de darle un nombre propio al asesinato doloso de una mujer, y ella lo define como:
“El conjunto de delitos de lesa impunidad que contienen los crímenes, los secuestros y las desapariciones de niñas y mujeres en un cuadro de colapso institucional. Se trata de una fractura del Estado de derecho que favorece la impunidad. Por eso el feminicidio es un crimen de Estado (…).El feminicidio sucede cuando las condiciones históricas generan prácticas sociales agresivas y hostiles que atentan contra la integridad, el desarrollo, la salud, las libertades y la vida de las mujeres.”

Esta autora considera que el feminicidio es un crimen de estado porque hay una fractura en el Estado de derecho que permite la impunidad, lo que consideramos desde Pan y Rosas es que el Estado no es neutral, es un Estado burgués, que favorece los intereses de los empresarios -y aunque no necesariamente se trate de una orden directa- el Estado genera las condiciones necesarias para que se dé el feminicidio.

Entre ellas se encuentran la precarización laboral y de la vida, largas jornadas de trabajo, poco o nulo alumbrado público y transporte público inseguro, lo que provoca que las mujeres que tienen la necesidad de salir a trabajar para mantener o apoyar a su familia, aún en condiciones de inseguridad, en zonas marginales, sin transporte seguro y que regresan a sus casas a altas horas de la madrugada, se enfrenten todos los días a la sombra del feminicidio.

A esto, se suma la corrupción de las instituciones y la misoginia del Estado, que elimina pruebas, cierra casos, cuestiona la vida de las víctimas y hace más tortuoso el, ya de por sí, largo camino que tienen que recorrer las madres para exigir justicia para sus hijas asesinadas.

Pero la función concreta del feminicidio es aleccionar a las mujeres para que no se salgan del rol establecido por la sociedad patriarcal y capitalista. Cuando somos violadas o somos asesinadas lo primero que se nos pregunta (o a nuestras madres) es: ¿cómo iba vestida? ¿iba sola? ¿a qué hora estaba en la calle? Cuando en realidad, eso no tiene importancia, así seamos asesinadas en la vía pública o al interior de nuestros hogares por nuestra pareja sentimental.

El Estado es consciente de la función que tiene, por esto lo permite y mantiene nuestras condiciones de precariedad e inseguridad; y en otros de los casos lo aplica directamente, como es el caso de Atenco –y muchos otros- en el que hubo tortura sexual durante la represión y 11 mujeres decidieron denunciar.

La tortura sexual busca deshumanizar a las mujeres, hacerlas sentir inferiores y tratarlas como un objeto para, así, quebrar su resistencia y el valor que tienen para salir a la calles a luchar

“A mí me llevaron prácticamente arrastrando hasta el último asiento del camión y me bajaron los pantalones hasta los tobillos, arrancaron mi ropa interior y comenzaron a golpearme con sus toletes… los senos, en todo el cuerpo y también en lo glúteos. Un comandante llamó a varios policías y les dijo: ‘vengan y calen a esta puta’.” (Testimonio).

Este tipo de método ha sido utilizado históricamente por el Estado –en México y en otros procesos de lucha en todo el mundo- como un castigo ejemplar para disuadir a las mujeres de luchar, castigo que se hace carne gracias a los cuerpos policiacos que perpetran los actos. La tortura sexual reproduce el mismo mensaje que tiene el feminicidio: ‘si te sales del orden establecido, esto es lo que te va a suceder’ ‘Si te organizas y luchas, te va a pasar esto’.

El mensaje que buscan enviarnos es que somos objetos desechables, que no podemos cuestionar todo lo que nos rodea, no podemos salirnos del ámbito privado del hogar, y sobre todo no podemos cuestionar este sistema que nos explota doblemente, afuera ocupando los trabajos más precarios y al interior del hogar cubriendo gratuitamente los quehaceres domésticos y el cuidado de los hijos.
Para frenar el feminicidio no podemos confiar en las mismas instituciones que generan las condiciones para que seamos asesinadas, que buscan ocultar la verdad y que las mujeres no seamos sujetos de cambio; necesitamos organizarnos de manera independiente y en las calles, para ser millones frenando la violencia feminicida.

Necesitamos un gran movimiento de mujeres que de la mano de los familiares de las víctimas y defensores de derechos humanos integren comisiones investigadores que actúen por fuera del Estado y apuesten por confiar en sus propias fuerzas: las de las mujeres, la juventud y el conjunto de los trabajadores explotados del país.

Por Laura Aparicio -Pan y Rosas México

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