La teta y la luna en San Fermín

La teta y la luna en San Fermín

No me gusta mucho hablar de cifras, porque es un hecho que éstas siempre faltan a la verdad, más que acercarnos a la misma, pero sí creo que en estos asuntos cuesta hacerse una idea de la brutal situación que atraviesa nuestro país en lo que a cuestiones de libertades y derechos sexuales se refiere. Digo que no me gusta hablar de cifras y, para justificar dicha afirmación, me valgo –vivan las paradojas- de otra cifra: se estima que cerca de 30.000 delitos sexuales quedan sin denunciar en nuestro país. Por lo que, en verdad, miento descaradamente en el párrafo anterior cuando afirmo que “1117 son las mujeres que fueron violadas en España el pasado año”, pues en realidad, fueron muchas más.

Pero hagamos un ejercicio gramatical, y cambiemos el sujeto. 1117 hombres que violaron. Más de treinta mil hombres que agredieron sexualmente. En total, por redondear la cifra, más de treinta y un mil hombres depredadores sexuales. Lo que equivaldría, más o menos, y por hacernos una idea, a toda la población masculina de Zamora capital.

Qué quieren que les diga. Me cuesta creer que nos creamos el cuento, a estas alturas, de que son sólo casos aislados. Me cuesta creer que seamos tan cándidxs o tan hipócritas como para pensar que las violaciones sanferminescas son despreciables excepciones, pues es un hecho cifrado, más que evidente, que no lo son. Busquen ustedes entre sus amistades femeninas y no encontrarán una sola mujer que no haya sido, alguna vez, violada, acosada, manoseada en el bus, agredida verbalmente mientras paseaba por la calle, invadida o atacada con un cariz sexual por un hombre, de un modo u otro. Da igual que esa mujer sea guapa o fea, alta o baja, cis o trans, hetero, lesbiana o bi. Da igual que tenga pasta o que no llegue a fin de mes, que no habrá una sola que no se haya topado con algún hombre agresor. Y es que los hombres agresores son muchos. Muchos. Y están en los espacios de confort de las mujeres, la mayoría de las veces. Son sus novios, sus amigos, sus compañeros de clase, sus familiares directos, sus vecinos.

Los agresores están por todas partes porque el hombre macho, el mismo que se divierte bebiendo alcohol hasta que cae redondo, y haciendo gala de su hombría torturando animales y tocando tetas, es el modelo de masculinidad que exporta nuestra sociedad. Puede estar más o menos refinado. Puede pillar calimocho de oferta y tirarle piedras al gatito herido del barrio mientras grita obscenidades a su vecina; o puede tocarle el culo a una top-model mientras bebe güisqui de importación desde dentro de su Dolce & Gabana y se lo cuenta al mundo por periscope pero, en esencia, el mensaje es el mismo. El gran macho ibérico todopoderoso, penecéntrico, heterocéntrico, brutocéntrico, y de una anorexia empática brutal, se fabrica en las escuelas al grito de mariquita, se perfecciona en los institutos al grito de maricón, y se sigue cultivando en la edad adulta en las conversaciones del trabajo, en la tele, en la calle, en los campos de fútbol y hasta en las peluquerías. De hecho, siempre pensé que las peluquerías son espacios de control de género brutales, donde las cabezas se segregan en función de una genitalidad fantasma (nadie la ha visto) lo que siempre tiene, además, consecuencias económicas, pues ellas pagan más por el mismo corte de pelo. Pero ése es otro tema.

El caso es que, por más aforamiento que Navarra tenga, los San Fermines, en esto al menos, no iban a ser una excepción.

Sin embargo, en todos los análisis que leo por ahí sobre el asunto de las violaciones y las agresiones sexuales pos chupinazo, me inquietan especialmente dos cuestiones: una tiene que ver con afirmaciones relativas a la cantidad o exceso de testosterona por parte de los agresores, y la otra, con el exceso de desinhibición por parte de las agredidas.

Los hombres transexuales se suministran cotidianamente dosis de testosterona más altas que las que producen muchos hombres cis (no transexuales) y hasta el momento no parece que haya muchos hombres trans implicados en ningún caso de violación, lo que me lleva a pensar que el asunto va a tener que ver con la testosterona lo mismo que con el trigo: o sea, nada.

Es más, responsabilizando a la testosterona, estamos, por un lado, exculpando al agresor (pues estaría al arbitrio de su química) y por otro, justificando una agresión que no tiene que ver ni con el placer ni con la biología, sino con la dominación, la jerarquía y el poder. El hombre no viola por placer sexual, sino por el placer de dominar a otro ser que considera inferior, que es el mismo placer que siente cuando tortura a un animal hasta matarlo.

La orgía brutal de sangre y dolor que es la espina dorsal de los Sanfermines –como de muchísimas fiestas locales en España- son el caldo de cultivo perfecto para sacar a pasear el macho que quiere hacer alarde de su supremacía, sobre todo aquello que él considera inferior o, dicho de otro modo, que está puesto ahí en el mundo, para su servicio, para que él pueda usarlo a su conveniencia. Y en ese saco están, además de todo el sistema solar, también las mujeres, así como toda aquella persona que no cumpla con el estereotipo marcado, del hombre detodalavida, el de comodiosmanda, el de ¿y para cuándo un día del orgullo heterosexual?

Decía tres párrafos más atrás, que otro de los asuntos que me rechina bastante es recriminarles a las agredidas un exceso de desinhibición. “El patriarcado pone trampas a las mujeres para que se comporten como los hombres quieren”, leía esta mañana en un artículo, en clara alusión al hecho de mostrar el pecho en público -algo que los hombres cis hacen constantemente, por cierto-. Afirmaciones como éstas no sólo son patriarcales –pues consideran a las mujeres sugestionables e incapaces de saber lo que les conviene-, sino que además usurpan el derecho de las mujeres (y también de algunos hombres trans) a mostrar su cuerpo en público del mismo modo en que en verano lo hace un hombre en prácticamente cualquier contexto. Que de eso se trata. De que cada persona pueda disponer de su propio cuerpo como le venga en gana, en cualquier contexto, no sólo sin ser agredida, sino también sin que nadie la juzgue en nombre de nada. Podríamos, por una vez, dejar de mirar el dedo que señala y la teta, y mirar la luna, si lo que queremos es acabar de una vez por todas con este pueblo sin río, pueblo de pozos, como dijo Lorca, que es esta España heteropatriarcal y, ahora en verano, más macha que nunca y tan macha como siempre.

Por Beatriz Chinaski Gómez

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