Olympe de Gouges: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta”

Olympe de Gouges: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta”

Olympe de Gouges es solo un seúdonimo. Con él, una mujer del sur de la Francia del siglo XVIII alcanzó gran popularidad por su militancia a favor de los derechos de las mujeres, la abolición de la esclavitud o por ser autora de múltiples obras, tanto teatrales como políticas.

Nació como Marie Gouze el 7 de mayo de 1748 en Montauban, en el seno de una familia modesta.

Por imposición de su familia, se casó con 17 años con un hombre de más edad con el que tuvo un hijo. Al año siguiente enviudó. Después de esto, sin ceder a las presiones sociales o familiares, no volvió a contraer matrimonio. Tras enviudar fue consciente de que no quería perder la relativa libertad que acababa de adquirir. Además, esta corta experiencia provocó su rechazo a la institución del matrimonio a la que se referiría como “la tumba de la confianza y del amor” y llegaría a proponer que fuese sustituida por “un contrato civil, revisable cada año

Libre de cualquier tipo de atadura y con la idea de darle a su hijo la educación que ella no tuvo, se trasladó a París. Allí llevó una vida acomodada que le permitió no solo darle a su hijo la educación deseada, sino también formarse culturalmente así misma.

Decidida a cambiar del todo su vida, cambió Marie por Olympe, en homenaje a su madre; añadió “de” para ennoblecer sus orígenes y trasformó su apellido en Gouges. Así empezó su carrera literaria: con un nuevo nombre y con las puertas de los salones literarios parisinos abiertas.

En sus primeros años en París conoció a importantes autores como Michel de Cubièrs, que le brindaron su apoyo para que iniciase su carrera como escritora y dramaturga. Entre la decena de obras teatrales que escribió destaca Zamore y Mirza, o el feliz naufragio, un alegato contra la esclavitud y la trata de esclavos, que se representaría años más tarde con el título de La esclavitud de los negros, o el feliz naufragio. Esta obra teatral de matices políticos la enfrentó con muchas familias nobles de la Corte de Versalles, enriquecidas gracias a la misma actividad que Olympe criticaba. Por ello, fue encarcelada y rápidamente liberada gracias a la intervención de su círculo de amistades.

En 1788  el Periódico General de Francia publicó dos de sus folletos políticos: el primero trataba de un proyecto de impuesto patriótico que desarrollaría más tarde en la Carta al pueblo; el segundo trataba un amplio programa de reformas sociales.

Después de la Revolución francesa 

En 1791 vio la luz uno de sus escritos políticos más conocidos: la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. Fue la reacción a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, puesto que esta solo reconocía la ciudadanía de los hombres, dejando fuera a las mujeres. El escrito comenzaba con la siguiente frase: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta”. A lo largo del texto, exigía el derecho al voto femenino argumentando su posición de la siguiente manera: “la mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. Por tanto, si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener igualmente el derecho a la Tribuna”.

En otros escritos exponía que se debía acabar con toda la desigualdad entre géneros: en el acceso a los trabajos, en la vida política, en la posesión y control de propiedades privadas, en el acceso al ejército, en la educación o en el ámbito familiar y eclesiástico.

Como arriba se menciona, realizó planteamientos acerca de la supresión del matrimonio, la defensa del amor libre y la instauración del divorcio o el reconocimiento paterno de los niños y niñas nacidas fuera del matrimonio. Todas reivindicaciones muy adelantadas a su tiempo y que la enfrentaron a hombres poderosos que durante su vida y en los años posteriores a su muerte, intentaron tirar abajo todo el trabajo que realizó.

Se la considera también como una de las precursoras de la protección de la infancia y los desfavorecidos. Protección para la que ideó, en líneas generales, un sistema de maternidades, y la creación de talleres nacionales para los parados y de hogares para mendigos.

Defensora de la separación de poderes, fue partidaria en un principio de la monarquía constitucional pero se adhirió rápidamente a la causa republicana y se opuso a la condena a muerte de Luis XVI en 1793. Afín a los girondinos, advirtió y criticó de manera contundente la política de Robespierre y Marat.

Su defensa de los girondinos, sobre todo después de que éstos fueran eliminados de la escena política en junio de 1793, le supuso, dos meses después, su propia detención. Acusada de agitación política, pasó un tiempo en una enfermería carcelaria por culpa de una herida infectada. En ningún momento dejó de reclamar el derecho  a defenderse de las acusaciones que caían sobre ella. Para hacer oír este propósito, creó dos carteles que logró fuesen ampliamente difundidos: “Olympe de Gouges en el Tribunal revolucionario” y “Una patriota perseguida”. Estos fueron los últimos textos que creó.

El 2 de noviembre de 1793, dos días después de que un gran número de girondinos fueran ejecutados, Olympe fue llevada ante el Tribunal revolucionario sin poder disponer de abogado. Brilló por el valor y la inteligencia que mostró a la hora de defenderse ante un juicio sumario que la condenó a muerte por haber defendido los principios girondinos, que entre otras muchas cosas abogaban por un estado federado. Fue guillotinada al día siguiente.

Nadie puede saber lo que le pasó a Olympe de Guoges por la mente antes de morir, pero seguramente lo que no imaginó en ningún momento fue la difamación que se haría de su persona posteriormente.

Tras su muerte

En vida, Olympe de Gouges caracterizada por ser una mujer comprometida con su tiempo y su género, tuvo que enfrentarse a la misoginia característica de la época, de la que pecaba también la Francia revolucionaria. Fue desacreditada por la incomprensión de sus ideas por parte de muchos de sus contemporáneos.

Su obra cayó en el olvido. El desconocimiento y la mala interpretación de sus escritos contribuyó a convertirla en objeto de desprecio y burla a lo largo del siglo XIX, cuando se rechazó que una mujer hubiera sido ideóloga revolucionaria. Se dijo de ella que apenas sabía leer y escribir, sospechando así de la autoría de sus obras, incluso de sus facultades mentales y su capacidad intelectual.

No fue hasta el final de la Segunda Guerra Mundial cuando su talento y su persona salieron del terreno de la caricatura y se reivindicó como una de las grandes figuras humanistas de Francia de finales del siglo XVIII. Fue objeto de estudio en Estados Unidos, Alemania y Japón. En Francia, después de la publicación en 1981 de su biografía realizada a partir de documentos originales de la época, durante los actos del bicentenario de la Revolución francesa se rindió homenaje a la obra de Olympe de Gouges. Desde entonces, se han representado varias de sus obras de teatro y sus escritos fueron reeditados y ampliamente estudiados.

Olympe de Gouges es en definitiva otra mujer adelantada a su tiempo que alzó su voz críticamente para cambiar la sociedad y que tuvo que luchar para que se la considerara al mismo nivel que otros intelectuales de su época.

Principios de la Declaración de los derechos de la Mujer y la Ciudadana:

I – La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden estar fundadas en la utilidad común.

II – El objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles de la Mujer y del Hombre; estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la opresión.

III – El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación que no es más que la reunión de la Mujer y el Hombre: ningún cuerpo, ningún individuo, puede ejercer autoridad que no emane de ellos.

IV – La libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que pertenece a los otros; así, el ejercicio de los derechos naturales de la mujer sólo tiene por límites la tiranía perpetua que el hombre le opone; estos límites deben ser corregidos por las leyes de la naturaleza y de la razón.

V – Las leyes de la naturaleza y de la razón prohíben todas las acciones perjudiciales para la Sociedad: todo lo que no esté prohibido por estas leyes, prudentes y divinas, no puede ser impedido y nadie puede ser obligado a hacer lo que ellas no ordenan.

VI – La ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las Ciudadanas y Ciudadanos deben participar en su formación personalmente o por medio de sus representantes. Debe ser la misma para todos; todas las ciudadanas y todos los ciudadanos, por ser iguales a sus ojos, deben ser igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según sus capacidades y sin más distinción que la de sus virtudes y sus talentos.

VII – Ninguna mujer se halla eximida de ser acusada, detenida y encarcelada en los casos determinados por la Ley. Las mujeres obedecen como los hombres a esta Ley rigurosa.

VIII – La Ley sólo debe establecer penas estrictas y evidentemente necesarias y nadie puede ser castigado más que en virtud de una Ley establecida y promulgada anteriormente al delito y legalmente aplicada a las mujeres.

IX – Sobre toda mujer que haya sido declarada culpable caerá todo el rigor de la Ley.

X – Nadie debe ser molestado por sus opiniones incluso fundamentales; si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna con tal que sus manifestaciones no alteren el orden público establecido por la Ley.

XI – La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los derechos más preciosos de la mujer, puesto que esta libertad asegura la legitimidad de los padres con relación a los hijos. Toda ciudadana puede, pues, decir libremente, soy madre de un hijo que os pertenece, sin que un prejuicio bárbaro la fuerce a disimular la verdad; con la salvedad de responder por el abuso de esta libertad en los casos determinados por la Ley.

XII – La garantía de los derechos de la mujer y de la ciudadana implica una utilidad mayor; esta garantía debe ser instituida para ventaja de todos y no para utilidad particular de aquellas a quienes es confiada.

XIII – Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración, las contribuciones de la mujer y del hombre son las mismas; ella participa en todas las prestaciones personales, en todas las tareas penosas, por lo tanto, debe participar en la distribución de los puestos, empleos, cargos, dignidades y otras actividades.

XIV – Las Ciudadanas y Ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o por medio de sus representantes, la necesidad de la contribución pública. Las Ciudadanas únicamente pueden aprobarla si se admite un reparto igual, no sólo en la fortuna sino también en la administración pública, y si determinan la cuota, la base tributaria, la recaudación y la duración del impuesto.

XV – La masa de las mujeres, agrupada con la de los hombres para la contribución, tiene el derecho de pedir cuentas de su administración a todo agente público.

XVI – Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene constitución; la constitución es nula si la mayoría de los individuos que componen la Nación no ha cooperado en su redacción.

XVII – Las propiedades pertenecen a todos los sexos reunidos o separados; son, para cada uno, un derecho inviolable y sagrado; nadie puede ser privado de ella como verdadero patrimonio de la naturaleza a no ser que la necesidad pública, legalmente constatada, lo exija de manera evidente y bajo la condición de una justa y previa indemnización.

menu
menu