Historia: el aborto y el rapto en el mundo romano

Historia: el aborto y el rapto en el mundo romano

Si vamos a creerle a los mitos, dicen que Rómulo luego de fundar Roma, matar a su hermano y proclamarse Rey se dió cuenta que no habían traído suficientes mujeres a las siete colinas.Un primero de marzo, la nueva ciudad organizó unos juegos a los que fueron invitados todos los pueblos de Italia Central.

La celebración se hizo en honor a Neptuno, quien como todavía no había conocido al Poseidón griego, no era el dios del océano. Debía conformarse con las lluvias y los manantiales. La competencia deportiva era la efervescencia que anunciaba a la República Romana. Pero de entre todas las delegaciones, la más numerosa y destacable era la de los sabinos. Eran una sangre antigua, que todavía marchaba a la guerra empuñando los escudos de sus abuelos troyanos.

Al momento señalado, cada romano raptó a una mujer sabina y echaron
a los sabinos de la ciudad. A las sabinas dicen que las convencieron de quedarse prometiendoles esclavos que aligeren las cargas del hogar. Dicen que años después los sabinos trataron de recuperar a sus mujeres y marcharon a la guerra con Roma.

Sobre la ciudad reinaba una tensa calma y que Tarpeya desata la tormenta.
Tarpeya, Eva etrusca y virgen vestal, abre las puertas de Roma a los sabinos por la noche. Cuando le pide al rey Tito de los sabinos su recompensa este la asesina y la arroja de una piedra que todavía lleva su nombre. En el fragor de la batalla, las sabinas se arrojaron entre los combatientes porque “de un lado peleaban sus padres y hermanos, y del otro sus esposos y sus hijos”. Tito, caudillo sabino, llegó a un acuerdo con Rómulo: ambos serían reyes sobre Roma y romanos y sabinos pasaron a conformar un mismo pueblo. Se cimentó en este acto a la familia patricia del mundo antiguo.

Su futuro como clase social dejará una marca indeleble de horrores y maravillas.

En algunos lugares del mundo seguimos contando los vientres como si fueran una propiedad colectiva de la que las personas capaces de gestar no pueden disponer individualmente.

Según el derecho romano clásico, el feto era considerado “pars viscerum matris”, como parte de las vísceras de la madre. No había diferencias de criterio moral entre un feto o el apéndice. En aquellos tiempos de esclavos y patricios, el aborto no estuvo penado en Roma hasta el tercer siglo de nuestra era, ya afianzada la cruz de Cristo sobre las ruinas de los templos de Júpiter y Venus.

De mitos como estos está lleno el tapiz multicolor de las sociedades humanas. Un resabio de los tiempos primitivos, donde tanto los vientres de las mujeres como del ganado se contaban en los registros de activos y pasivos de la economía. Todo mito, ya lo dicen los estructuralistas “es una especie de contrapunto que unas veces acompaña a esta realidad y otras parece alejarse para volver a reunirse con ella.”

En su momento la mitad de la humanidad debió explicarle a la otra por qué debía someterse. El cuerpo de las mujeres fue, con gradaciones en distintas latitudes del mundo, también territorio ocupado por la comunidad en aras de la sustentabilidad de la misma.

Esa idea sigue flotando en el aire, una deuda antiquísima que aceita los engranajes de la maquinaria patriarcal hasta el día de hoy, casi dos mil ochocientos años después del rapto de las sabinas y de formas similares de endulzar la misma píldora. En algunos lugares del mundo seguimos contando los vientres como si fueran una propiedad colectiva de la que las personas capaces de gestar no pueden disponer individualmente.

Pero al igual que ya no necesitamos degollar una oveja sobre la tierra recién sembrada, la ciencia y la técnica nos ha abierto el camino para formas menos brutales de planificación familiar que la dictadura del espermatozoide sobre el óvulo.

Por Santiago Trinchero

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