Flora Tristán: historia de mujeres luchadoras y revolucionaria

Flora Tristán: historia de mujeres luchadoras y revolucionaria

 A partir de ahora queremos dedicar una sección especial a las mujeres luchadoras, rebeldes y revolucionarias y su gran protagonismo en la historia. Como planteamos en uno de los libros editados por Pan y Rosas de Argentina, “Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia”, el gran papel que las mujeres han tenido en la historia ha sido silenciado, y si ellas aparecían, lo hacían como “casos excepcionales” que alcanzaron renombre por “extrañas” aptitudes para el arte o la ciencia, o bien porque la herencia y oscuros designios divinos habían querido ungirla reina o santa. Esto se modificó radicalmente, recién con el advenimiento de la segunda ola feminista en la década de 1970, cuando activistas y académicas comenzaron a cuestionar esta ausencia y se propusieron investigar a las mujeres en la historia, dando lugar a la Historia de las Mujeres. Pero si la opresión social del género femenino colaboró en la invisibilización de la participación de la mitad de la humanidad en los procesos históricos, doble fue el ocultamiento cuando se trató de las mujeres luchadoras, rebeldes, revolucionarias.

Este mes se lo dedicamos a Flora Tristán, quien nació el 7 de abril de 1803. Reproducimos un artículo escrito por Malena Vidal y Adela Reck, del libro Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia”. 

LUCHADORAS libro

Flora Tristán

 Por Malena Vidal y Adela Reck

                                                                                              “Tengo a todos en mi contra. A los hombres, porque pido la emancipación de la mujer, a los propietarios porque reclamo la de los asalariados.”[1] Flora Tristán

Hace doscientos años, en París, nació una de las mujeres más importantes en la historia del socialismo y del feminismo: Flora Tristán, hija de un peruano rico y una francesa. Aunque vivió sólo cuarenta años, éstos fueron intensos, cargados de novedosas ideas y actitudes vitales. Durante su existencia, esta mujer vislumbró que el sojuzgamiento que las mujeres aceptaban como algo natural, al jugar el rol que la sociedad y la cultura les destinaba como madres y esposas -reproductoras biológicas y sociales- era similar a la relación que se da entre el amo y el esclavo, entre el obrero y el patrón.

Cabe preguntarse por qué la historia oficial sólo la recuerda como la abuela del pintor Paul Gauguin y, de esta manera, mantiene en el olvido a esta extraordinaria mujer que se sobrepuso a las dificultades y logró plasmar sus audaces pensamientos a través de la militancia, convirtiéndose, sin saberlo, en una precursora de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Ella se anticipó seis años a la potente idea del Manifiesto Comunista de Marx y Engels, cuando escribió, en su obra Unión Obrera, acerca de la necesidad imperiosa de que la clase trabajadora se uniera superando las fragmentaciones nacionales y luchara por construir una organización única en todo el mundo, que le diera la fuerza suficiente para lograr su emancipación.

La vida trágica de Flora fue el suelo fértil en que germinaron sus ideas de reivindicación de los oprimidos. Quedó huérfana siendo adolescente y, debido a que la relación de sus padres no se había formalizado, no pudo heredar la riqueza paterna. Es así como pasó de una condición desahogada a una vida de grandes penurias. Adolescente, empezó a trabajar como aprendiza en un taller de grabados, cuyo propietario era un hombre brutal y despótico con el que su madre la obligó a casarse cuando tenía apenas diecisiete años. Así, Flora continuó oprimida: de la familia de sangre a un matrimonio y una maternidad que no había elegido.

El esposo, André Chazal, pronto se muestra como un tirano bebedor y jugador que derrocha el dinero de la familia, además de sentirse rabioso por la frustración de no haber encontrado, en la joven esposa, la mujer sumisa y apacible que buscaba. Hombre violento que, más tarde, intentará violar a su hija, una púber de doce años. Según una biógrafa de Flora Tristán: “Flora es plenamente conciente de que el matrimonio significa la apropiación de la mujer por el hombre. Por ello, propugna la libertad de divorcio y la libre elección del marido por parte de las mujeres, sin que en el matrimonio intervengan los intereses económicos de los padres de los jóvenes. Sin embargo, para ella el matrimonio es antagónico con el amor ya que rechaza que ‘las promesas del corazón… sean asimiladas a los contratos que tienen por objeto la propiedad’.”[2]

Harta de las borracheras y de los abusos del marido, Flora abandona la casa llevándose a los niños. A partir de ese momento, comienza una larga y tenaz disputa por la tenencia de los hijos que termina cuando el esposo intenta asesinarla en la calle, por lo que es condenado a veinte años de prisión. Paradójicamente, gracias a esa bala, Flora finalmente consigue la anulación del matrimonio, pero se gana el repudio de la sociedad. “Una esposa que huye del domicilio conyugal y se lleva los frutos del matrimonio, no tiene lugar en la sociedad: es una paria.” Éstas son las palabras con las que el hermano de su madre, el comandante Laisney, alude al abandono del hogar conyugal, frase que le sugiere el calificativo exacto para sí misma. De ahora en adelante, Flora sabe fehacientemente que será una paria.

Aline, su única hija, nació cuando Flora ya había abandonado al esposo y representó para ella el símbolo de su liberación. Por eso escribe: “te juro que lucharé por ti, que te haré un mundo mejor. Tú no serás ni esclava ni paria.” [3] Sin embargo, para Flora, la maternidad significa un accidente no deseado que entorpece su libertad; así, vivencia la gran obligación y responsabilidad que tienen las madres obreras que, sin medios para educar a sus propios hijos, son las únicas que se hacen cargo de ellos. Este aspecto de su vida personal desata la necesidad de escribir y participar en luchas colectivas a favor de la condición femenina y de los oprimidos sociales, plasmando en folletos y libros la vida de las mujeres pobres. En 1837, publica el opúsculo Petición para el reestablecimiento del divorcio, dirigida a los señores diputados. En sus trabajos denuncia cuán funcional resulta, al sistema social imperante, que las muchachas proletarias no sean enviadas a la escuela, ya que, formándose exclusivamente para las tareas domésticas, no tienen otro horizonte de vida más que el de servir o ser esposas y madres.

Por la educación de las mujeres

Las conquistas de la Revolución Francesa, de efímera existencia, fueron prontamente sustituidas por la monarquía borbónica restaurada. Derechos como el divorcio quedaron eliminados. La gran revolución estalla en 1789; pero, apenas cinco años después, empieza a declinar cuando se instaura la dictadura de Napoleón, que durará hasta 1815. Ésta es una época de prosperidad para la burguesía francesa, ya que el proceso de industrialización del país está en vías de transición, pasando de la manufactura al maquinismo; se transforma la técnica del tejido y de la hilandería. Una perfeccionada máquina de vapor permite instalar las fábricas en las ciudades, que hasta entonces sólo podían funcionar a orilla de ríos que proveyeran la energía necesaria. Así se va concentrando la riqueza en manos de la burguesía, propietarios de los medios técnicos y del capital.

La situación de la naciente clase obrera es el terreno en el cual surgen pensadores que formulan las nuevas teorías del socialismo utópico, que proyectan un nuevo tipo de sociedad basada en la cooperación mutua y en la que no existiría la explotación.[4] Saint Simon[5] y Fourier[6], a quienes Flora no conoce aún, ya han desarrollado los ejes fundamentales de su pensamiento.

A pesar de que Flora no tuvo una educación sistemática, adquirió conocimientos por sí misma. Las únicas lecturas de su adolescencia y los primeros años que siguieron a la separación de su marido, fueron novelas románticas y teatro. Pero, en 1825, después del nacimiento de su hija Aline, lee por primera vez otro tipo de literatura: llega a sus manos Vindicación de los Derechos de la Mujer, de Mary Wollstonecraft, que la impresiona profundamente.[7]

En esa época, el pensamiento filosófico mantenía una tensión entre los librepensadores economicistas que bregaban por la instauración del libre mercado y los socialistas, para quienes la educación era vital a los fines de conseguir un nuevo orden social. El idealismo que los impregna se hace patente en su consideración de que la mejoría del ser humano es la condición previa para una sociedad justa, pensamiento del que Flora se apropia al darse cuenta de la desventaja que supone para la mujer la carencia de educación. Aunque intuye que los mecanismos de opresión de los que se vale la clase dominante son de tipo económico, no llega a formular una teoría de la emancipación social y siempre está presente, en su obra, la importancia de la educación de las mujeres en el camino de la liberación.

De Lyon a Lima

En 1830, se produce en Francia la revolución de julio, instaurando una monarquía constitucional que, enseguida, otorga mayores libertades a la burguesía industrial, comercial y financiera permitiéndole enriquecerse más rápidamente. Al mismo tiempo, ataca a la clase obrera porque ya comenzaba a evidenciarse una débil, pero clara tendencia a la organización. En ese momento, Flora se une al pueblo, impresionada profundamente por la movilización popular. Un año después, estalla una insurrección obrera en las sederías de Lyon, una ciudad fabril que queda en manos de los trabajadores por varios días y donde tres años más tarde acontece otra revuelta. La doble insurrección lyonesa reveló, por primera vez, la importancia revolucionaria de la clase trabajadora que, aún en una sola ciudad, levantaba el estandarte de rebelión contra la burguesía, apuntando agudamente contra la causa de su miseria.

El 7 de abril de ese mismo año, Flora viaja a Perú, donde va a reclamar su herencia. Esta experiencia la marcará en forma indeleble. La travesía en barco dura más de cuatro meses, siendo la única mujer entre la tripulación. Aunque a su llegada a tierras americanas, su tío no la reconoce como heredera, en Lima experimentó las vivencias del dulce pasar de las limeñas adineradas y de las duras condiciones en que vivían las mujeres pobres -sirvientas, pordioseras, prostitutas. También conoció a las ravañas, mujeres de los pueblos originarios armadas que acompañaban a los soldados, llevando a cuestas a sus hijos, aprovisionándose en los pueblos -por la fuerza si era necesario- y que no pertenecían a ningún hombre en particular. Flora percibe en estas mujeres una forma de vivir radicalmente diferente a la de las mujeres que había conocido hasta entonces, lo que le plantea nuevos interrogantes sobre la naturaleza de los sentimientos femeninos. Y, simultáneamente, reafirma su idea de que la educación es el verdadero factor que logrará eliminar la desigualdad entre los sexos.

“Allá donde la ausencia de libertad se hace sentir, la felicidad no puede existir”[8]

A París regresó una Flora completamente distinta, en la que no quedaban casi rastros de ingenuidad y en la que las ideas socialistas y feministas se concretaron a través de una obra literaria y de acciones políticas -prácticas ambas irreverentes, en esa época, para una mujer. La estadía en Perú quedó plasmada en dos volúmenes. Peregrinaciones de una paria, dedicado a los peruanos y firmado por “vuestra amiga y compatriota”, diario de su viaje a América que fue publicado en 1838. Ya antes había escrito De la necesidad de dar buena acogida a las mujeres extranjeras, una crítica contra los prejuicios sociales que pesan sobre las mujeres solas. Por caso, analiza la situación de las mujeres trabajadoras en Francia e Inglaterra, constatando que la remuneración que reciben es mucho más baja que la de los varones por la misma labor. En 1842, escribe: “Los industriales, al ver a las obreras trabajar más a prisa y a mitad de precio, despiden cada día a los obreros de sus talleres y los reemplazan por obreras. Una vez que se entra en este camino, se despide a las mujeres para reemplazarlas por niños de doce años, finalmente se llega a no ocupar más que niños de siete u ocho años. Dejad pasar una injusticia, pero estad seguros de que engendrará miles de ellas.”[9] Según Flora, es el mismo opresor -el capitalista- el interesado en la explotación del proletariado y de la mujer. Por la lógica del capital, la mujer desplaza el ejército de reserva masculino debido a la menor retribución económica que recibe por el mismo trabajo. Ésta será una de las ideas que, posteriormente, Karl Marx desarrollará en su obra El Capital.

Sensibilizada -gracias a una particular mirada que le permitía alternar entre los frívolos círculos privilegiados, así como sumergirse con valentía en los ambientes más sórdidos-, hace suyos los desafíos que el socialismo utópico comenzaba a construir. A tal grado lleva su actividad, que las revistas de la época comienzan a publicar sus artículos en favor de los derechos de las mujeres, de los obreros, por el divorcio, contra el oscurantismo religioso, contra la esclavitud e, inclusive, por la abolición de la pena de muerte.

También viaja a Inglaterra, país en el que la Revolución Industrial se hallaba en su apogeo, donde los trabajadores vivían en condiciones paupérrimas, en ciudades sin servicios, hacinados, asolados por epidemias, agotados por jornadas extenuantes. Allí conoce lugares de espanto, no titubeando en disfrazarse de hombre para poder entrar a prostíbulos, manicomios y cárceles. Pero también visita el parlamento británico, las carreras hípicas y los clubes aristocráticos. A partir de esa experiencia, escribe Paseos por Londres, que publica en 1840, donde responsabiliza a la burguesía y al sistema capitalista de las condiciones de miseria en las que sobreviven hombres y niños, así como de las aún más terribles condiciones de existencia de las mujeres, muchas de las cuales están obligadas a prostituirse para poder sobrevivir. Y es aquí donde Flora concibe la idea de que los trabajadores y las trabajadoras son los únicos que pueden defenderse y luchar por mejorar esta situación. Así se dispara en ella la necesidad de publicar el pequeño pero importante trabajo Unión obrera en el que dice: “Obreros, durante doscientos años o más, los burgueses han luchado valerosa y descarnadamente contra los privilegios de la nobleza y por el triunfo de sus derechos. Pero, llegado el día de la victoria, aunque reconocieron la igualdad de derechos para todos, de hecho acapararon para ellos solos todos los beneficios y las ventajas de esta conquista.” [10]

El cambio social que propugnaba Flora debía ser pacífico y moral, inspirado en “el amor por la humanidad” y basado “en la educación, rescatando la generosidad y la solidaridad con los humildes.”[11] Pero, su idea de cambio desbordará las fronteras y tendrá un carácter internacional. En su folleto, Flora decía “nuestra patria debe ser el Universo.”[12] El instrumento de la transformación social sería ese ejército de trabajadores laico y pacífico, la Unión Obrera, donde hombres y mujeres participarían en un plano de absoluta igualdad y que, mediante la persuasión, la presión social y el uso de instituciones legales, iría transformando de raíz la sociedad. Al no encontrar editor que se animara a publicarlo decide, entonces, hacer una colecta entre sus amistades y así consigue que salga a la luz éste, que será su aporte para la organización de la clase trabajadora.

Ideológicamente, Flora se aleja de la posición de los socialistas utópicos que tanto influyeron en su formación, principalmente de las ideas que sustentaba Fourier acerca del papel de la mujer como trabajadora. El filósofo escribió que “aún siendo imprescindible la independencia económica de la mujer para su emancipación, no es ni posible ni aconsejable que en la sociedad del momento se le reconozca el derecho al trabajo, porque esto no haría más que empeorar la situación general del proletariado.”[13] En este aspecto, Flora más bien se adelanta a las ideas de su época: “Obreros, tratad de comprender bien esto: la ley que esclaviza a la mujer y la priva de instrucción, os oprime también a vosotros, hombres proletarios.”[14] Inclusive, por sus posiciones políticas y su lucha a favor de la emancipación del proletariado y las mujeres fue reivindicada en el libro La Sagrada Familia de Marx y Engels.

En el mismo año en que sale a la luz Unión Obrera, conoce a Ruge, el amigo de Marx, en una de las reuniones que se realizaban todos los domingos en su casa.[15] Durante el último año de la vida de Flora, ya en París y sufriendo una grave enfermedad, los obreros deciden efectuar una colecta para reeditar este libro que reaparece con un pequeño prólogo de Ruge. Pero sus últimos días no los podrá pasar tranquila, ya que intentan desalojarla de su casa, alegando que es la instigadora de una huelga obrera.

Flora Tristán fue una mujer que se adelantó como ninguna en la lucha por la causa de las mujeres y por los derechos de los trabajadores del mundo, porque vio indisolublemente ligadas las tareas de emancipación de la mujer y del proletariado: “El hombre más oprimido puede oprimir a otro ser, que es su mujer. La mujer es la proletaria del proletario.” [16] Se dirigió al proletariado para que libere a las mujeres de su esclavitud atávica, al mismo tiempo que se libera a sí mismo de la opresión social capitalista. Como dijo el poeta Andrè Breton: “Acaso no haya destino femenino que deje, en el firmamento del espíritu, una semilla tan larga y luminosa.” [17]

[1] Citada por E. Thomas en Les Femmes en 1848.

[2] Feminismo y Utopía, de Yolanda Marco.

[3] íd.

[4] Los socialistas utópicos fueron críticos de la sociedad burguesa, de la que captaron los rasgos esenciales de su evolución y sus contradicciones, anticipando de las transformaciones necesarias para el advenimiento de una sociedad sin clases. Marx y Engels recuperaron algunas de sus ideas y las desarrollaron científicamente. No obstante el socialismo utópico está marcado por profundas contradicciones: exageran la importancia de la educación y la razón en la conquista de la equidad social, son pacifistas, apelan a las clases superiores como medio para cambiar la situación de la clase trabajadora y no incorporan en su análisis la crítica de la economía política clásica.

[5] Saint-Simon (1760 – 1825): Historiador y teórico político socialista francés. Participó en la Revolución Francesa y fue nombrado presidente de la Comuna de París en 1792. En 1821 escribió El sistema industrial y, en 1825, Nuevo cristianismo. Propugnaba la idea de que la propiedad privada sería buena en cuanto cada individuo recibiera su retribución en función de su capacidad. A su parecer, el primer objetivo político del Estado tenía que ser el desarrollo de la producción, por lo que su gobierno debía estar constituido por industriales, entre los que consideraba a los obreros, los campesinos y los propietarios. También proclamaba la abolición de los derechos hereditarios y la formación de una asociación cuya función fuera impedir la guerra.

[6] Charles Fourier (1772 – 1837): Pensador socialista francés, pionero en la crítica sistemática de la nueva sociedad capitalista. Atribuyó a la mala organización del intercambio muchos males del mundo moderno y propuso un nuevo sistema de organización social basado en la libre asociación en comunidades cooperativas de producción y consumo donde regiría la armonía social. Entre sus obras se destacan Tratado de la asociación doméstica y agrícola, El nuevo mundo industrial y La falsa industria.

[7] Mary Wallstonecraft (1759-1797): Nació en Inglaterra, hija de un padre alcohólico, en una familia de escasos medios. Tuvo que desempeñar diversos oficios para ganarse la vida, incluidos los de niñera y señorita de compañía. Tras publicar una novela y un libro de historias para niños, en 1792, publicó Vindicación de los Derechos de la Mujer, donde denuncia la situación de la mujer en la sociedad. Defendió la Revolución Francesa y frecuentó a los girondinos. Otras de sus obras son Reflexiones sobre la Revolución Francesa, Cartas de Noruega y una novela póstuma Mary o la desgracia de ser mujer.

[8] Unión Obrera, de Flora Tristán

[9] íd.

[10] Ibíd.

[11] Ibíd.

[12] Ibíd.

[13] Citado en Yolanda Marco, op.cit.

[14] Flora Tristán, op.cit.

[15] Arnold Ruge (1802 – 1880): Político y filósofo alemán. Por su activismo político fue encarcelado entre 1824 y 1830, teniendo que refugiarse en Francia e Inglaterra. Fue profesor en Halle (1832) y publicó los Annales Franco Alemanes, junto a su amigo Karl Marx. Además de numerosos artículos, escribió sus memorias en Recuerdos del tiempo pasado.

[16] Flora Tristán, op.cit.

[17] Citado por Mario Vargas Llosa en La odisea de Flora Tristán.

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